Las Academias de Nápoles
Durante los siglos XV al XVII, la relación de España con
Nápoles fue muy estrecha. No era una provincia cualquiera, sino la joya de la Corona
en el Mediterráneo.
En 1442, Alfonso V de Aragón (el Magnánimo) conquistó el
Reino de Nápoles tras una larga guerra contra la dinastía francesa de los
Anjou. Alfonso se enamoró de la cultura italiana, instaló su corte
permanentemente en Nápoles y gobernó la Corona de Aragón desde el Castel Nuovo.
Alfonso y su sucesor, Ferrante I, convirtieron a Nápoles en uno de los focos
del Renacimiento. Fue en esta corte aragonesa, bilingüe y abierta, donde nació la
Academia Pontaniana. El latín clásico y el humanismo puro eran el nexo de unión
entre los sabios locales y los secretarios e intelectuales que venían de los
reinos de Aragón.
A finales del siglo XV, Francia intentó recuperar Nápoles.
Esto desató las llamadas Guerras de Italia. Fernando el Católico reaccionó
enviando a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, quien derrotó
militarmente a los franceses en batallas como Ceriñola y Garellano. En 1504,
Nápoles quedó oficialmente anexionada a la Monarquía Hispánica. Dejó de ser un
reino independiente con su propio rey aragonés para convertirse en un virreinato
gobernado por un representante directo de Madrid.
Durante los dos siglos siguientes (XVI y XVII, bajo los Austrias),
Nápoles fue un pilar estratégico y militar para España. Era la base de las
galeras que frenaban al Imperio Otomano en el Mediterráneo y la despensa que
financiaba gran parte de las guerras europeas de los reyes españoles. Sin
embargo, gobernar Nápoles era como sentarse sobre el Vesubio: la nobleza local
napolitana (los barones) era
inmensamente rica, orgullosa, rebelde y secretamente profrancesa. Los virreyes
españoles aplicaron una doble estrategia: mano de hierro militar y diplomacia cultural
de guante blanco.
Las distintas Academias napolitanas tuvieron un objetivo
claro: mantener a los nobles napolitanos ocupados. Era preferible que la
aristocracia local gastara sus energías compitiendo contra los oficiales y
poetas españoles en justas poéticas, debates sobre el amor platónico o
resolución de acertijos matemáticos, a que conspiraran en sus palacios para
derrocar al virrey.
Cuando las academias se volvían "peligrosas" o
demasiado independientes, el poder español actuaba. La Academia Pontaniana fue
clausurada en 1542 por sospechas de albergar a protestantes y erasmistas que
cuestionaban la ortodoxia católica (el pilar del Imperio). La Academia de los Secretos de Della
Porta sufrió una suerte similar bajo la lupa de la Inquisición por coquetear
con la magia y la ciencia no autorizada.
Nápoles era el destino más codiciado para los intelectuales
españoles. Para un escritor, ir a Nápoles en la comitiva de un virrey era tocar el cielo:
significaba acceder a la cuna de la imprenta, a las bibliotecas italianas y a
un estatus social que en Madrid o Toledo no tenían.
Una academia renacentista:
Academia Pontaniana. Fundada en 1443 en el Castel Nuovo,
llegó a ser el faro del humanismo renacentista en el sur de Europa. Destacó por
su altísimo nivel en poesía neolatina, filología y debates filosóficos. En ella
participó el poeta español Garcilaso de la Vega. Las sospechas de simpatías con
el erasmismo protestante y sus críticas al absolutismo virreinal hicieron que
el virrey Pedro de Toledo la clausurara fulminantemente en 1542. Resucitó en
1808 y sigue activa.
Una academia de magia natural:
Academia de los
Secretos. Fundada en la década de 1560 en el palacio de verano del
polímata Giambattista della Porta en el barrio de Arenella. El requisito para
entrar era aportar un experimento o secreto científico/médico propio y
comprobable. Investigaban óptica, magnetismo, destilación y botánica. Fue clausurada
por la Inquisición en 1580 bajo acusaciones de nigromancia.
Ocho Academias barrocas, cada vez más conservadoras:
Academia de los Ociosos. Creada en 1611 por el virrey Pedro
Fernández de Castro, conde de Lemos, en el palacio Real. Su nombre aludía al otium clásico (el tiempo
libre dedicado al cultivo del espíritu). Fue el puente cultural definitivo
entre España e Italia. Prohibía estrictamente los debates sobre política y
religión para evitar duelos entre los miembros. Formaron parte los hermanos
Argensola, Francisco de Quevedo y Gaspar de Barrionuevo.
Academia de los Serenos. Fundada a mediados del siglo XVI en
el palacio del duque de Nocera, fue una de las instituciones aristocráticas más
longevas y exclusivas de la ciudad, centrada en el petrarquismo y la lengua
toscana.
Academia de los Sirenos. Fundada a finales del siglo XVI por
el historiador Tommaso Costo, en su casa. Su emblema era una sirena (en honor
al mito de Parténope) y estaba muy enfocada en la herencia historiográfica y
cultural propiamente napolitana.
Academia de los Incautos. Nacida a finales del siglo XVI en
el palacio del marqués de Trevico, defendía un clasicismo muy rígido, la pureza
moral y la retórica ortodoxa.
Academia de los Errantes. Coetánea a la de los Ociosos y
situada en la casa del noble Camillo de Medici, se especializó en debates sobre
filosofía caballeresca, códigos de honor y el amor neoplatónico adaptado a la
moral del Barroco.
Academia de los Ardientes. Situada en la basílica de San
Paolo Maggiore, muy activa en el tránsito del siglo XVI al XVII, volcada casi
por completo en la poesía sacra, la mística y la propaganda cultural de la
Contrarreforma.
Academia de los Desiosos. Una escisión aristocrática que se
reunía en el palacio del príncipe de Conca a principios del siglo XVII, famosa
por organizar fastuosas justas poéticas combinadas con representaciones
musicales.
Academia de los Políticos. Fundada a finales del siglo XVI
en el Castel Capuano, sede de los tribunales. Se alejaba de la poesía para
analizar el derecho internacional, la administración del Estado y la filosofía
política de autores como Tácito y Maquiavelo. Fue clave para los altos
funcionarios de la administración virreinal: estaba conformada por juristas del
Consejo de Santa Clara (tribunal supremo) y teóricos de la razón de Estado en
el sur de Italia.
Y dos academias científicas:
Academia de los Linces en Nápoles. Aunque la matriz nació en
Roma (1603) de la mano de Federico Cesi, su delegación en Nápoles tuvo gran
importancia. El científico Federico Cesi la exportó en 1604, logrando que los
científicos napolitanos coordinaran hitos de la ciencia europea. Giambattista
della Porta se unió a los Linces tras el cierre de su propia Academia de los Secretos,
aportando su casa como sede.
Academia de los Investigadores. Fundada en 1650 en el
palacio del fundador, el médico Tommaso Cornelio. Fue la institución más
rupturista e importante del tramo final del virreinato. Desterraron la
escolástica medieval y el pensamiento de Aristóteles para introducir de lleno
en Italia la física, la medicina y la filosofía experimental de Galileo,
Descartes y Gassendi. El filósofo Giambattista
Vico se formó bajo el influjo de este círculo.
En resumen, que las Academias de Nápoles franquearon
diferentes etapas, desde un humanismo renacentista hasta la revolución
científica, pasando por la inevitable contrarreforma, con el control férreo por
parte de los distintos poderes.


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