jueves, 14 de septiembre de 2017

El socialismo y el cristianismo


Robert Owen, socialista reformista británico, no estaba de acuerdo con Marx en la idea de la lucha de clases, y defendía la fraternidad. Era también empresario, claro. Pero parecía majete, pese a eso: divulgó una máxima que tomó prestada del cristianismo: “Ocho horas de trabajo, ocho de cultura, ocho de descanso”, que sustituía el rezo de la Regla de san Benito por el recreo intelectual. No en vano, la idea de fraternidad, una de las tres del lema de la Revolución francesa, provenía directamente de los Evangelios. No así las de libertad e igualdad, claro.

El bueno de Owen pasó de una juventud contraria a la familia, la religión y la herencia a una madurez espiritista. Demasiados contactos con los conceptos cristianos. Fue uno de los pioneros de la idea de las cooperativas: empresas privadas gestionadas por sus trabajadores. Como es sabido, funcionan en el sistema capitalista, y si bien son conceptualmente mucho mejores que las tradicionales, colaboran en su injusto sostenimiento.

Owen, del que no dudamos de su buena voluntad, es un ejemplo claro de colaboracionista. El poder financiero necesita de estos personajes bienintencionados para engrasar su maquinaria asesina. Lo mismo sucede con los cristianos de base: confían en la bondad del ser humano y acaban alimentando a la gran estafa de la religión organizada.


Por eso, amigos, yo ya hace años que modifiqué la letanía francesa: “Libertad, igualdad, tranquilidad”. Ya sé que lo de la tranquilidad no casa muy bien con lo de la lucha de clases, no. Pero qué se le va a hacer.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

De la incoherencia y los vendidos


De entrada, admito sin ninguna duda que soy un incoherente. Normal, pues soy un humano. No creo que nadie se libre de esta condición. Ni siquiera alguno al que se le atribuye “la coherencia hasta lo inverosímil”. Tengo mis convicciones, como casi todos: soy anticlerical, antimilitarista, creo que la justicia social es un concepto superior a la literatura o a la fama, adoro el sexo, la cerveza, el tabaco y el rocanrol; no me fío de los mensajes mayoritarios y reniego de muchos de los mitos locales, como las estatuillas religiosas o los equipos deportivos.

Pero prefiero el arte a la lucha, me encanta el castellano, el cine, el mar, los espectáculos de la naturaleza. Me emociono con los buenos panfletos, lloro con los melodramas, y no me indigno con los cavernícolas que gobiernan aliados con los dueños del dinero, porque sé que sólo pueden derrotarlos efímeramente quienes se indignan con razón. Me atraviesa el humor absurdo hasta el tuétano, en una simbiosis que me acompaña desde que me sumergí para siempre en los tebeos infantiles. La realidad me estomaga, y me gusta engañarme viviendo mi ficción.

Pero a lo que iba. Los personajes más inteligentes de la cultura, seres que, como yo, se emocionan con cosas similares, aman de modo parecido, e incluso comparten aficiones conmigo como el audiovisual, el texto escrito o el humor transgresor: El padrino, El Quijote, los Monty Phyton; esos personajes a los que me refiero abrazan, casi sin excepción, una concepción de la política descafeinada, socialdemócrata, triste, desarraigada con el ser humano. Viven cómodos en un Estado monárquico, no les molestan las fuerzas armadas, imparten sus clases en centros católicos, justifican las atrocidades de los políticos derechistas con la excusa de que han sido elegidos, pero sobre todo, dejan que sus cerebros se vayan vaciando de sustancia revolucionaria a medida que alcanzan reconocimiento social, a veces incluso merecido.

Mientras nos gobiernan fuerzas evidentemente negativas, y parece que en eso no hay vuelta de hoja, las élites culturales nos adoctrinan en el adocenamiento. “Qué bonito era ser adolescente en un barrio feo. Qué bien que escapé de allí y ahora defiendo la enseñanza laica, el derecho a una muerte digna, los derechos de los homosexuales, la agricultura ecológica, la defensa del medio ambiente, la diversidad étnica y los derechos humanos y animales. Pero sin exagerar. No vaya a ser que la policía, en su democrático desempeño, me detenga; o que ese importante medio de comunicación no me llame para publicitar mi obra; o que acabe aislado con los resentidos, esas personas que lo ven todo negro cuando hay tantas cosas bellas, muchas online, que disfrutar en esta vida”.

Vendidos. Sois unos vendidos. A sabiendas de que la inmundicia denunciable es siempre abundante, os encerráis en vuestras torres de marfil, aliados con el enemigo, y no sólo calláis, sino que desfiláis con los peores payasos diabólicos. Necesitáis dinero para vivir y si salís de vuestras corazas rosadas pueden cortaros el flujo de billetes. Os comprendo, pero no puedo soportaros casi nunca.


Ya no necesitamos rebelarnos contra la dictadura como nuestros padres, decís. Ya no tenemos ese odio a la religión, a la milicia (¿y a la guerra?). Creéis que se puede menospreciar al poder porque formáis parte de él. Academicismo, respeto, moderación, buen comportamiento, coworking: mamoneo, izquierdismo guay, perfume de violetas, rebeldía cero, asco, náusea, putrefacción.

martes, 5 de septiembre de 2017

Armas letales autónomas


No sé si lo sabéis, pero esto es el futuro: máquinas de inteligencia artificial superior a la humana tomando decisiones que no nos conciernen. Hoy mismo mi hija me ha dicho que le gustaría poder resucitar dentro de 300 años para ver cómo era el mundo entonces; que no es justo que sepamos cómo era todo hace 300 años y no podamos conocer cómo será.

He aquí la posible solución al enigma. Y no estoy hablando de chorradas de internet. Existe en la Universidad de Cambridge un centro de investigación llamado Centro para el Estudio del Riesgo Existencial, que se preocupa del asunto, la inteligencia artificial aplicada a las armas. Robots autónomos, que toman sus propias decisiones, serán quienes se ocupen de matar. Un miembro de la dirección científica del Instituto de Cuestiones Fundamentales (sí, también existe), Max Tegmark, firmó en 2015, con Martin Rees, Stephen Hawking, Jaan Tallinn, Noam Chomsky, Elon Musk y más de mil investigadores, una Petición de Futuro de la Vida para que se prohíban las armas de inteligencia artificial. Nadie les hizo ni caso.

La petición dice: “La tecnología de inteligencia artificial (IA) ha alcanzado un punto en que el despliegue de armamento autónomo será factible en unos cuantos años, si no legalmente al menos de manera práctica. Ya no se trata de décadas sino de años y hay mucho en juego: el armamento autónomo ha sido descrito como la tercera revolución en la historia de los conflictos armados, después de la pólvora y las armas nucleares. La pregunta principal de la humanidad en la actualidad es si quiere comenzar una carrera armamentista de IA o si preferimos prevenirla desde su inicio”.


La respuesta está clara. Estamos asistiendo a una nueva carrera armamentística que llevará en poco tiempo a la desaparición de los humanos. O no, claro. Pero los más listos de la clase están intentando prevenirnos, y los fabricantes de armas y sus amigos los gobernantes de los Estados no creo que ahora mismo estén preocupándose por eso.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Twin Peaks para neófitos


Bueno, ya se ha acabado la tercera temporada de Twin Peaks, la mejor serie de televisión de la historia. Para quienes no tengan mucha idea de qué va la cosa, les explico en un plisplás el argumento condensado de las tres entregas (1990, 1991 y 2017) y la película Fuego, camina conmigo (1992, precuela).

Esto es un pueblo pequeño del estado de Washington que se llama Twin Peaks (Cumbres gemelas) donde vive una serie de gente peculiar y en el que muere una joven, Laura Palmer, en 1989. Un agente del FBI, Dale Cooper, llega al lugar para investigar y lo vemos interactuar con los pobladores. En una grabadora va dejando mensajes sobre sus pesquisas, dirigidos a Diane, otra agente del FBI a quien ama. Resulta que hay un universo paralelo con espíritus buenos y malos, que actúa en el mundo de los sueños. Uno de los malos, Bob, posee al padre de Laura, que la mata. Luego también posee a Cooper. Pero en 2016, los espíritus buenos hacen que exista otro Cooper bueno, que de momento no recuerda nada. Cuando se recupera, asiste a la muerte de su doble malo, viaja en el tiempo y salva a Laura.


Pero nada de eso tiene sentido, o casi, para explicar la excelencia de la serie. En una obra cinematográfica de autor, el argumento es lo de menos. Se trata de cómo está hecha. Del fondo, la forma, los detalles. Y aquí hay que aclarar que David Lynch, el autor, es un genio indiscutible. Maneja el humor, el terror, la videocreación y el sonido como nadie. Eso sí, absténganse impacientes (el ritmo decrece a menudo), buscadores de simple entretenimiento (nunca se entiende todo) o, en suma, vagos audiovisuales. Para el resto, el esfuerzo se ve recompensado con creces.
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