Izquierda clásica, izquierda moderna
Se acusa a la izquierda contemporánea de sustituir la
igualdad por la diversidad. Sin embargo, la izquierda sigue defendiendo la
igualdad (de derechos) y siempre ha defendido la diversidad (de las minorías).
La izquierda clásica hablaba de la lucha de clases, y la moderna hace hincapié
en las políticas de identidad. No por esto desaparece la izquierda del pasado. La
izquierda del presente añade nuevos conceptos, sin abandonar los anteriores. Es
un proceso de suma, no de sustitución.
La izquierda clásica sentó las bases de la búsqueda de la
igualdad universal basada en la situación socioeconómica: el trabajador frente
al capital. La izquierda moderna habla además de diversidad: raza, género,
orientación sexual. La fragmentación de la izquierda no se da entre supuestas
visiones divergentes basadas en sustitución de prioridades, sino que ha sido un
fenómeno habitual que surge tanto del espíritu crítico como de los
personalismos.
La izquierda no ha abandonado la igualdad. Quizás sí ha
ampliado su definición: no se puede avanzar en igualdad de derechos si no se
reconoce que las minorías sufren barreras específicas.
Pero, ¿quién acusa a la izquierda moderna de abandonar sus
principios tradicionales? Los conservadores. La derecha dispara contra la
izquierda con todo su arsenal, y lamentablemente algunos antiguos izquierdistas
compran el discurso reaccionario hipócrita, camuflado de progresista.
Por un lado, cuando se habla desde la izquierda de impuestos
progresivos o de regulación económica, se le acusa de arcaica y de coartar la
libertad. Por otro lado, si se defienden los derechos de las minorías, se tacha
de woke, por abandonar supuestamente a la gente “real” y perder el tiempo en
políticas de identidad. Así, la izquierda es a la vez antigua y moderna, pero
siempre mala.
Lo que busca (y consigue) la derecha es fragmentar (aún más)
la unidad de la izquierda, que hasta ahora (cuando ha existido) ha consistido
en unir la clase trabajadora industrial y de servicios con los sectores
intelectuales y progresistas urbanos.
La derecha moviliza a su electorado poniendo el foco en la
diversidad como amenaza a la tradición, que disfrazan de libertad democrática.
Así invisibilizan el debate económico, y de paso se apropian del concepto de
pueblo. Plañen sobre las políticas de identidad izquierdistas mientras imponen
sus ideas criminales de identidad nacional tradicionalista.
Se puede aprobar una ley de vivienda, subir el salario
mínimo, y esa misma semana, aprobar una ley de igualdad. La derecha incidirá en
la ley de igualdad y acusará a la izquierda de abandonar su responsabilidad con
la gente de a pie. Cuando se intenta legislar para todos, la derecha se opone y
luego se “olvida” de ello. Cuando se legislan derechos específicos, la derecha
se opone y luego vocea que se está dividiendo a la sociedad.
La derecha sigue ganando el relato, de modo exponencial,
gracias a su exitosa estrategia de la falsa dicotomía. En cuanto se habla de
temas que les ponen nerviosos, preguntan por qué se ocupa el tiempo en
supuestas fruslerías y no en lo importante. Han llegado a conseguir que los
avances en igualdad se perciban como una pérdida de tiempo para la mayoría.
La izquierda moderna no relega a un segundo plano las
desigualdades más graves, del mismo modo que el feminismo moderno no relega a la
mujer a favor del colectivo LGTBI+. Todas esas consideraciones son excluyentes,
y la izquierda no lo es.
Otra victoria de la derecha es identificar a la izquierda
actual con el islamismo. En un ejercicio propio de un circo de tres pistas
confunden con premeditación conceptos diferentes. Así, mezclan la lógica
defensa de la libertad religiosa y el antirracismo, el multiculturalismo como
ambición de convivencia y la introducción del islamismo extremista (de clara
base ultraderechista) como truco final para decir que la izquierda apoya el
fundamentalismo. No es así: la izquierda defiende a las personas marginadas
(inmigrantes de minorías musulmanas).
De nuevo la trampa funciona, y mucha gente cree que la
izquierda cae en flagrante contradicción. Se pretende proteger a los colectivos
vulnerables. Nadie habla en la izquierda de apoyar la desigualdad de género o
el rechazo a los homosexuales.
Pero volvamos al inicio. La estrategia es diferenciar entre
izquierda clásica (la que nunca defendieron y contra la que siempre se
opusieron los defensores de la desigualdad) e izquierda moderna (que según
ellos traiciona a la anterior). Por absurdo que parezca todo esto, el mensaje
ha calado.
He oído cosas que no creeríais. Supuestos izquierdistas
blandiendo el argumentario de la extrema derecha. Supuestos demócratas, más
franquistas que la cabra de la Legión, añorando la izquierda auténtica. Y lo
que es peor, izquierdistas reales asumiendo el discurso antiwoke de la reacción
trumpista. Todo está perdido y ya da igual si la izquierda molaba más antes que
ahora, porque parece que ya no le mola a nadie. Ni la clásica ni la moderna.
(Tomado de https://cabezawoke.wordpress.com/2026/02/22/izquierda-clasica-izquierda-moderna/)


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