martes, 8 de enero de 2019

Soy chino



Me llamo Antonio y no Chang, pero soy chino. Tengo los ojos sin rasgar, la mentalidad occidental, una casa en Europa, pero soy chino, insisto. Formo parte de los 1.500 millones de chinos. Me identifico con los chinos de tal modo que soy uno de ellos. Me siento como un grano de arroz en una paella gigante. Indistinguible del resto, amarillo, llevado de la mano por los vientos del abismo. Sólo los chinos saben a qué me refiero.

Como soy chino, hago cosas de chinos. Por ejemplo, beber agua caliente. Aunque yo lo hago en la modalidad de agua fría, que viene a ser lo mismo, y más si eres chino. En Occidente, los chinos comemos en restaurantes chinos de comida china para chinos, que son distintos a los restaurantes chinos de comida china para occidentales. Como en el caso del agua, mi versión difiere y almuerzo en restaurantes chinos de comida occidental para occidentales. Ya se sabe que dos negaciones son una afirmación.

Esto lo aplico al resto de mis costumbres chinas. Para ser miembro del Partido Comunista, un chino debe ser ateo. Yo soy ateo, como buen miembro del Partido Comunista Chino, pero no soy miembro del Partido Comunista, lo que me convierte de nuevo en chino por eliminación doble. Los chinos de China, cuando achinan los ojos, parecen occidentales poniendo cara de chinos, mientras que yo no hago nada con los ojos, porque ya soy chino de entrada.

Pero lo que más chino me hace es mi condición de chino falso. No hay nada más chino que una falsificación, y en eso los chinos se llevan la palma, superando en mérito a cualquier otra etnia. La falsificación nos hace humanos, como los brotes de soja hacen de una ensalada china un cementerio de espermatozoides crujientes. Nada más chino que un cuenco de bambú fabricado con plástico, o cualquier objeto barato de un bazar chino, que siempre lleva una etiqueta de la Comunidad Valenciana, cuna de la paella.

China tiene relaciones amistosas con muchos países del mundo, como Corea del Norte, Rusia, Pakistán, Serbia, Venezuela, Siria… Un abanico de naciones muy variado. Pero a mí todo eso me da un poco igual. Yo soy un chino bastante apátrida. Con decir que España, por ejemplo, me la refanfinfla, está todo dicho. Y luego está la canción de los Payasos de la Tele, aquélla de Chinita del alma. Eso me recuerda que tuve en mi casa una china comprada en Ámsterdam que duró allí meses y meses. Prefiero el Ducados, que lo fabricaban en Logroño hasta que la planta cerró en 2016. Y eso que el presidente de La Rioja se llama José Ignacio Ceniceros.

China, como nación, me produce el mismo sentimiento patriótico que España o Cataluña. Pero como concepto, China es una razón para vivir. Una mujer china con espada es una espadachina. El idioma de Elche es elchino. Una espada china es un complemento ideal para una esgrimista ilicitana. ¿Hay entonces una conexión directa entre la Comunidad Valenciana y China? Por supuesto, pero abandonada.

Durante muchos años viajé a Valencia con regularidad. Nunca he querido volver. Para qué viajar a un lugar donde la conciencia china está casi olvidada, donde mis camaradas han perdido esa identidad milenaria. La tierra de las flores, de la luz y del amor: tres delicias como las del arroz. Pero el lugar con más influencia china es Villanueva de la Serena. En esta localidad se celebra desde 2012 la Feria de la Tortilla de Patatas, por ser allí el origen de ese manjar, datado en 1798 por el Centro Superior de Investigaciones Científicas. No en vano, ese año los jesuitas británicos se asentaron en China.

La tortilla de patatas que ofrecen algunos bares chinos es una variante muy similar a otro plato aún menos apreciado: nalgas de cadáver en formol. Gateando sibilinos, los arúspices repiquetean sus uñas en el enlosado. Pero no engañan a nadie: un Compendio de Agricultura General editado en Valencia en 1767 comenta ya la existencia de la tortilla de patatas, tres décadas antes que su falsa invención en Villanueva de la Serena. Suenan los clarines: los chinos, conmigo entre ellos, nunca discutimos sobre la cebolla.

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