domingo, 7 de octubre de 2018

El transhumanismo



Después de ver una modesta película de ciencia ficción titulada Amelia 2.0 (2017), basada en la obra de teatro The Summerland Project (2011), se despierta la curiosidad sobre el transhumanismo. En esa ficción estadounidense, a una enferma terminal se le transfiere la información de su cerebro a un cuerpo artificial, con la oposición de un senador conservador.

El transhumanismo es un movimiento que defiende y pronostica un avance evolutivo del homo sapiens a través de la tecnología. Define una primera etapa evolutiva biológica, una segunda cultural y una tercera tecnológica. En ésta se combatiría el envejecimiento, se elevaría el coeficiente intelectual, se conseguiría más fuerza física y se fusionaría la inteligencia humana con la artificial.

A lo largo del siglo XX se sentaron las bases del transhumanismo, con matices paracientíficos trascendentalistas. El belga Fereidoun M. Esfandiary, crionizado a su muerte en 2000, le dio un impulso en los años sesenta. El inglés Max More concretó una serie de principios transhumanistas en 1988, creando la corriente transhumanista llamada extropianismo, de tendencia derechista (individualista, clasista y liberal).

También existe una asociación transhumanista mundial, fundada en 1998 y denominada Humanity Plus desde 2008. Su sede está en Los Ángeles, California. Se dedican al estudio de los avances, las virtudes y los defectos del transhumanismo. Agrupa a los partidarios de la rama izquierdista, preocupada por el acceso igualitario a las tecnologías. El Instituto de Ética y Tecnologías Emergentes, fundado en 2004 por Nick Bostrom y James Hughes, estudia desde el tecnoprogresismo (transhumanismo democrático) las implicaciones del desarrollo tecnológico en la sociedad.

Desde la visión que defiende lo natural como sagrado, tanto en la derecha (creacionismo) como en la izquierda (biocentrismo), se critica al transhumanismo por suplantar el trabajo de los dioses creados por las religiones o el de una supuesta Naturaleza sabia y consciente. El método científico (empirismo y pensamiento crítico) y el humanismo ilustrado (que añade la cultura y la ética) quedan eliminados de la ecuación.

El Vaticano se declaró en 2002 contrario al transhumanismo por colocar al ser humano en el lugar de su Dios de ficción. De igual modo, los grupos naturalistas se oponen a las premisas transhumanistas por alterar la diosa Naturaleza, sin tener en cuenta que el ser humano se define por su capacidad de artificio. Lo artificial es lo que está creado por los humanos de modo intencionado: la agricultura, la ganadería, la arquitectura, la literatura, las sociedades, los taburetes, el gazpacho o los cantos regionales.

Las nuevas religiones adoptan postulados del transhumanismo, confiriéndole una visión trascendentalista emparentada con la literatura y el pensamiento mítico, y confundiendo la ciencia con la ficción y la idea poética de un cosmos interconectado por cables invisibles. Forman parte de este conglomerado ciertas corrientes orientalistas, esotéricas, de medicinas alternativas, etc. Les encanta adaptar la física cuántica a sus delirios mágicos, incluyen conceptos difusos como fuerzas, energías o karma y practican rituales como el reiki, el yoga, la cábala, el veganismo, la meditación trascendental, la acupuntura, la homeopatía o el tarot. Todos estos movimientos son un grupo parasitario involucionista que infecta a amplios grupos progresistas con su espiritualismo descerebrado y dificulta los avances científicos, tecnológicos y sociales.

Uno de los conceptos más interesantes del transhumanismo es el de la trasferencia mental. Se trataría de conseguir extraer la información de la mente humana del cerebro y el sistema nervioso para trasvasarla a un contenedor artificial. Actualmente, esta operación no es posible, pero implicaría consideraciones filosóficas de primer orden, como la coexistencia de varios yo.

El transhumanismo evoluciona, cuestionado por la bioética, que se ocupa de los problemas éticos planteados por los avances científicos. En este ámbito se hallan prácticas como las transfusiones de sangre, la eutanasia, los trasplantes de órganos, los anticonceptivos, la reproducción asistida, el aborto, la ingeniería genética, la inteligencia artificial o las energías limpias. Ni que decir tiene que los círculos reaccionarios se oponen a todas estas cuestiones avanzadas, con sus argumentos anteriores al paso del mito al logos de hace 2.500 años.

Otra de las ramas científicas que suscita controversias éticas es la nanotecnología, que modifica la estructura molecular, y por tanto es capaz de transformar la materia. Su aplicación genera recelos en el campo alimentario, médico y medioambiental, aunque su estado actual es muy avanzado y ha conseguido progresos importantes como la creación del grafeno, el impulso de los diagnósticos clínicos o la evolución de la industria solar, textil, ganadera, informática, etc.

El transhumanismo es una corriente de anticipación. Es obvio que los avances científicos y tecnológicos se suceden a un ritmo vertiginoso, y su presencia imparable en las sociedades humanas es un hecho. Que existan grupos religiosos o neorreligiosos a los que la realidad les supere no es algo infrecuente en la historia. Lo que se precisa es un movimiento global organizado que encauce éticamente la evolución de la ingeniería, para lograr un mundo más justo, más habitable y más alegre, como ya teorizaron los ilustrados europeos, los abolicionistas, los socialistas científicos o los actuales tecnoprogresistas.

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