miércoles, 13 de septiembre de 2017

De la incoherencia y los vendidos


De entrada, admito sin ninguna duda que soy un incoherente. Normal, pues soy un humano. No creo que nadie se libre de esta condición. Ni siquiera alguno al que se le atribuye “la coherencia hasta lo inverosímil”. Tengo mis convicciones, como casi todos: soy anticlerical, antimilitarista, creo que la justicia social es un concepto superior a la literatura o a la fama, adoro el sexo, la cerveza, el tabaco y el rocanrol; no me fío de los mensajes mayoritarios y reniego de muchos de los mitos locales, como las estatuillas religiosas o los equipos deportivos.

Pero prefiero el arte a la lucha, me encanta el castellano, el cine, el mar, los espectáculos de la naturaleza. Me emociono con los buenos panfletos, lloro con los melodramas, y no me indigno con los cavernícolas que gobiernan aliados con los dueños del dinero, porque sé que sólo pueden derrotarlos efímeramente quienes se indignan con razón. Me atraviesa el humor absurdo hasta el tuétano, en una simbiosis que me acompaña desde que me sumergí para siempre en los tebeos infantiles. La realidad me estomaga, y me gusta engañarme viviendo mi ficción.

Pero a lo que iba. Los personajes más inteligentes de la cultura, seres que, como yo, se emocionan con cosas similares, aman de modo parecido, e incluso comparten aficiones conmigo como el audiovisual, el texto escrito o el humor transgresor: El padrino, El Quijote, los Monty Phyton; esos personajes a los que me refiero abrazan, casi sin excepción, una concepción de la política descafeinada, socialdemócrata, triste, desarraigada con el ser humano. Viven cómodos en un Estado monárquico, no les molestan las fuerzas armadas, imparten sus clases en centros católicos, justifican las atrocidades de los políticos derechistas con la excusa de que han sido elegidos, pero sobre todo, dejan que sus cerebros se vayan vaciando de sustancia revolucionaria a medida que alcanzan reconocimiento social, a veces incluso merecido.

Mientras nos gobiernan fuerzas evidentemente negativas, y parece que en eso no hay vuelta de hoja, las élites culturales nos adoctrinan en el adocenamiento. “Qué bonito era ser adolescente en un barrio feo. Qué bien que escapé de allí y ahora defiendo la enseñanza laica, el derecho a una muerte digna, los derechos de los homosexuales, la agricultura ecológica, la defensa del medio ambiente, la diversidad étnica y los derechos humanos y animales. Pero sin exagerar. No vaya a ser que la policía, en su democrático desempeño, me detenga; o que ese importante medio de comunicación no me llame para publicitar mi obra; o que acabe aislado con los resentidos, esas personas que lo ven todo negro cuando hay tantas cosas bellas, muchas online, que disfrutar en esta vida”.

Vendidos. Sois unos vendidos. A sabiendas de que la inmundicia denunciable es siempre abundante, os encerráis en vuestras torres de marfil, aliados con el enemigo, y no sólo calláis, sino que desfiláis con los peores payasos diabólicos. Necesitáis dinero para vivir y si salís de vuestras corazas rosadas pueden cortaros el flujo de billetes. Os comprendo, pero no puedo soportaros casi nunca.


Ya no necesitamos rebelarnos contra la dictadura como nuestros padres, decís. Ya no tenemos ese odio a la religión, a la milicia (¿y a la guerra?). Creéis que se puede menospreciar al poder porque formáis parte de él. Academicismo, respeto, moderación, buen comportamiento, coworking: mamoneo, izquierdismo guay, perfume de violetas, rebeldía cero, asco, náusea, putrefacción.

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