jueves, 5 de diciembre de 2013

Bitcóin: la moneda virtual y su código ético


Con su propio signo (฿), el dinero electrónico bitcóin ya tiene un hueco entre las curiosidades de internet con posibilidad de convertirse en algo importante. Su teoría es simple: las transacciones monetarias (transferencias, compraventas...) se realizan entre particulares, sin mediación de bancos. Se ha llegado a afirmar que, del mismo modo que históricamente se produjo la separación entre Iglesia y Estado (aunque en algunos lugares aún estamos en ello), el bitcóin va a desembocar en la separación entre Moneda y Estado.

La invención y desarrollo de los bitcoines se enmarca en el movimiento denominado criptoanarquismo, versión cibernética del anarcocapitalismo, que defiende la propiedad privada, el mercado libre y la desaparición del Estado. Es, pues, un fenómeno cuyo código ético bebe de las corrientes del individualismo anarquista.

Por otro lado, el papel revolucionario de esta manera emergente de entender el comercio y sus códigos es muy claro. Si sigue creciendo a la actual velocidad exponencial, el bitcóin puede llegar a democratizar la economía, hasta el punto de que el Fondo Monetario Internacional, entidad que históricamente ha perjudicado a los países pobres, no tendría nada que hacer, puesto que la nueva moneda no goza del respaldo de ningún Estado.

Desde un punto de vista humanista, colectivista e internacionalista, la desaparición de los estados es un elemento negativo, puesto que deja al individuo débil en manos del fuerte. Los impuestos para redistribuir riqueza dejan de tener sentido y simplemente sobrevive el más dotado. Suena nazi.

Pero no se otea un horizonte de desaparición de la organización humana en colectivos, dada la condición social de nuestra especie, así que el Estado entendido como conjunto democrático regulador de las desigualdades tiene aún mucho que decir. Por lo tanto, el bitcóin puede ser una herramienta positiva, teniendo en cuenta que la monopolización del poder por parte de los mercados monetarios es un hecho creciente en nuestro mundo global. Y esos mercados y sus decisiones antidemocráticas y siempre contra los más desfavorecidos son exactamente lo contrario del supuesto soplo de libertad que nos trae el bitcóin.

Como en cualquier situación novísima, el bitcóin nos deja clavados al suelo como espectadores perplejos, que no sabemos si tomar el tren cuyo interior desconocemos o quedarnos en el andén de losas añejas, corroídas ya, que ha sido desde siempre el sostén de nuestros pies.

Es muy posible que al tren del bitcóin le importe un bledo si subimos o no. Mientras, leemos artículos variados, para hacernos una idea de sus contradicciones: Sin libertad monetaria no hay libertades civiles, dicen los defensores; Por qué el bitcóin es una peligrosa herramienta de opresión política y económica, argumentan los detractores.

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