viernes, 23 de noviembre de 2012

La putrefacción humana


Fragmentos del capítulo "La putrefacción: un camino hacia el todo" extraídos del prólogo de Fernando Jiménez del Oso, simpático gurú televisivo fallecido en 2005, al libro Más allá de la muerte (Ed. Uve, 1983).


Apenas establecida la muerte, el cadáver es invadido por distintos tipos de bacterias. Las del tubo digestivo no encuentran ya obstáculo para multiplicarse y para invadir el espesor de la mucosa intestinal y después los vasos sanguíneos y linfáticos, en cuyo interior dan lugar a la formación de gases. Esos gases (hidrógeno sulfurado) van avanzando de dentro afuera abriéndose camino hasta los puntos más apartados del cuerpo. A consecuencia del embebecimiento de las paredes vasculares se produce una exudación del suero, que se inicia en las partes más declives del cuerpo. Este embebecimiento invade toda la piel, hasta que ésta, reblandecida, se levanta en bolsas y ampollas que rompen, dejando así el cadáver abierto a la invasión de los agentes externos que esperaban pacientemente este momento.

La putrefacción se inicia a las pocas horas de la muerte. El primer período recibe el nombre de "putrefacción verde", debido a la aparición de la "mancha verde abdominal", expresión de la putrefacción intestinal. El hidrógeno sulfurado, al combinarse con la hemoglobina de la sangre, forma sulfohemoglobina, de un color verdoso que va tiñendo todos los tejidos.

Del abdomen, la "mancha verde" se extiende a las partes laterales del tórax y cuello para, al cabo de unos doce días de la muerte, ocupar todo el cuerpo. Al tiempo que los gases se abren camino arrastrando con ellos a los gérmenes, el suero de la sangre ha embebido intensamente la piel, en la que ya aparecen vejigas que lentamente van concluyendo hasta que la epidermis se desprende de las capas inferiores. Este embebecimiento putrefacto llega también a las uñas y los pelos, que se desprenden a la más ligera tracción. A estas alturas, el cadáver ya ha perdido su color verde; toda una serie de reacciones químicas lo han oscurecido hasta casi hacerlo negro.

En esta fase llamada de "putrefacción gaseosa", la acumulación de gases se va haciendo cada vez más intensa; el hedor es ya insoportable y toda la horrenda realidad de la muerte alcanza su máxima expresión. Los ojos casi salen de las órbitas empujados por los gases retrooculares; los párpados están intensamente hinchados, tumefactos, mientras que la lengua asoma por la boca entreabierta; un líquido oscuro mana de la nariz y de las comisuras de la boca. Todo el cuerpo está hinchado, sometido a la gran tensión de los gases acumulados en el interior, hasta que finalmente el abdomen hace explosión, quedando ya el cadáver abierto a los agentes que desde fuera van a completar la obra destructiva.

El cuerpo entra en una fase colicuativa. Las vísceras, en una corrupción líquida, se van desintegrando. Los tejidos, cada vez más reblandecidos, se van disolviendo; los ojos desaparecen, los huesos van desnudándose de músculos y piel que se han fundido en líquidos viscosos y que empapan la madera del féretro. Los huesos del cráneo se separan por las suturas; las articulaciones se abren y todo el cuerpo camina ya hacia la esqueletización. Lentamente, los ligamientos van desapareciendo y los huesos quedan disgregados sobre un humus grasiento de olor repulsivo. Lo que es soluble se disuelve en el agua de las lluvias y se difunde por la tierra; lo que es volátil se dispersa en el aire, y los huesos se van secando hasta hacerse porosos y espesos.

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