miércoles, 4 de mayo de 2011

El amor, la estupidez, la rebelión, el pesimismo y el humor


El amor.
La estructura del mundo adulto entra en la mayor de las confusiones por la introducción de la hipocresía: por un lado predica el bien, por el otro practica el mal; esto crea la más desalentadora arbitrariedad: el hombre es capaz de hacer todo el mal posible en nombre del bien. ¿Qué poder extraño hace que la inocencia del niño se transforme con el andar del tiempo tan mostruosamente en el egoísmo y la sordidez del adulto? La explicación estaría en la pérdida, por el contacto con un medio agresivo, de la capacidad de amar, motor vital por excelencia, con lo que se establece el predominio de los fenómenos de la muerte. El mal resulta así una fuerza autodestructora, que va minando la vida y cobija en su seno la muerte. Vivir significa entonces la paulatina destrucción de la inocencia, fuente del amor.

La estupidez.
El hombre vive en un medio hostil formado por los otros hombres, lo cual hace que se sienta distinto a sus semejantes y lo condena a la soledad. Pero es una soledad activa, pues para no sucumbir frente a la agresividad del medio, debe responder también con agresividad, por lo que vivir significa, en última instancia, luchar contra la crueldad mediante la crueldad. Cuando el hombre quiere conservar su integridad, surge el orgullo como defensa en la plena soledad. Pero en esa lucha generalmente triunfa el medio, y el hombre, o se domestica, sumándose a la grey y adoptando sus normas, o perece. El triunfo del mundo es un triunfo de la organización universal de la estupidez, y se cobija tras el número. Representa la victoria de la mayoría domesticada. La estupidez resulta así, en definitiva, el origen de todos los males.

La rebelión.
El orgullo transforma al solitario en rebelde, en acusador, o en místico. Para el adolescente con su potencial de vida intacto, con su pureza no adulterada, vivir como lo exige la sociedad significa degradarse, falsificar, mentir, y en definitiva, no vivir. Toda rebelión que tiene sentido es una rebelión de espíritu juvenil, y ese espíritu no depende de la edad, pues si bien la rebelión es casi normal en el joven, persiste en toda edad, mientras el hombre sabe conservar la pureza originaria y ese potencial de vida que se niega a ser oprimido.

El pesimismo.
Hay una forma de pesimismo que no es renuncia, ni es desprecio por la vida: todo lo contrario, oculta un desorbitado, un excesivo amor por ella, unido a una poderosa esperanza que no se rinde. Este pesimismo ataca, destruye y niega sin piedad lo malo, perverso, falso; y como consecuencia de ello crea, moraliza, despierta, sacude. Es, finalmente, un pesimismo constructivo.

El humor.
Lo específico en el humor es su carácter violentamente agresivo sobre la seguridad que rodea al hombre común. El humor tiende a destruir toda la escala de valores aceptada. Arranca la máscara del mundo convencional que se ha creado el hombre. El humor es todo lo opuesto a lo amable, que caracteriza lo cómico; también se diferencia de lo irónico, que es un mero juego intelectual; utiliza lo arbitrario, lo grotesco, lo absurdo, lo delirante. Tritura lo solemne hasta convertirlo en irrisorio. Pero al mismo tiempo el humor es lo más serio que existe: deja al hombre colocado en el centro mismo de los problemas, así como lo cómico aleja al hombre de los problemas. El humor negro, grado extremo del humor, utiliza la truculencia, o lo trivial exagerado hasta lo grotesco. Y sobre todo ello planea lo absurdo en un vuelo más allá de todos los límites.

El conde de Lautréamont y su obra. Aldo Pellegrini, 1962

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