miércoles, 22 de julio de 2015

Camino del Calvario 1935


El avance progresista que supuso el establecimiento de la Segunda República y el profundo viraje hacia la izquierda de una parte de la sociedad española favorecieron la liberación del pujante anticlericalismo latente en el país desde el siglo XIX. El anticlericalismo español era antiguo y con doble tipología: desde el lado intelectual se constataba que la Iglesia católica era enemiga de la cultura y el progreso, buscando atacarla en aquellas áreas que había acaparado: escuela, universidad e influencia política, social y económica; y por otro, la Iglesia era considerada por los obreros y marginados responsable de las injusticias sociales. Estos representaban el anticlericalismo más violento y emotivo: luchaban contra la Iglesia como evidente aliada del capitalismo.

En las primeras cuatro décadas del siglo XX en Zaragoza, las acciones anticlericales se repitieron con profusión. Se blasfemaba en los actos religiosos, se promovieron las ceremonias civiles, y se celebraron conferencias y manifestaciones contra la religión católica.

Especialmente activas fueron las actividades anticlericales en los actos del jubileo de 1901 y durante los actos de peregrinación a la Virgen del Pilar de 1905, en ambos casos con alteraciones del orden público y graves enfrentamientos en la calle entre los anticlericales y los católicos, apoyados éstos por la policía. Pero el más importante de los ataques al mundo católico se produjo el 4 de junio de 1923, con la muerte a manos de anarquistas del cardenal y arzobispo Juan Soldevila, destacado político conservador.

Durante el período de la Segunda República hubo un intento de separación Iglesia-Estado, acompañado de un aumento de las acciones contra los bienes eclesiásticos: robos en templos, destrucción de imágenes, de cruces de piedra y de capillas u hornacinas. Además, todas estas acciones se concentraban en las semanas previas a la Semana Santa para evitar en la medida de lo posible estas celebraciones. En algunos casos, los atentados fueron causados por los propios católicos, para avivar el enfrentamiento y presentarse como víctimas.

Desde las instituciones democráticas se procuró desbancar el modelo educativo monopolizado por el clero, prohibiendo la enseñanza religiosa; se intentó minimizar la influencia católica en los entierros promoviendo los cementerios públicos; se buscó apoyar a la beneficencia pública en vez de a la católica y se cambiaron nombres de calles como gesto simbólico de laicismo. La reacción de la Iglesia ante el talante progresista de los republicanos fue hostil e inmediata: la jerarquía religiosa estaba temerosa de perder sus privilegios.

Otros acontecimientos reseñables fueron el ataque al palacio arzobispal en 1931, que se roció con gasolina pero que no llegó a prender, la disolución en enero de 1932 de la Compañía de Jesús o el intento de incendio de una iglesia en construcción en el barrio de las Delicias durante la huelga de diciembre de 1933, en la que también se lanzaron bombas contra los templos de San Pablo, San Carlos, San Nicolás, la Magdalena y San Juan de los Panetes.

La oposición del mundo católico al anticlericalismo se midió en el primer tercio del siglo XX entre las organizaciones sociales, para pasar al ámbito político con la instauración de la Segunda República: una alianza firme entre las fuerzas reaccionarias y la Iglesia estaba trabajando ya para la destrucción del régimen. Así nació la Acción Social Católica de Zaragoza, tras crear una red de asistencia social para influir en el mundo obrero, promoviéndose diferentes organizaciones, unas de tipo mutualista para dar servicios y coberturas a los necesitados, y las otras, sindicalistas (USO, Unión de Sindicatos Obreros de Zaragoza), para poder enfrentarse a los sindicatos de clase (UGT y CNT).  En este aspecto se fracasó, pues el Sindicato Católico de Zaragoza, ante el auge socialista y anarquista, se vio abocado a desaparecer, para finalmente constituir una opción política mediante Acción Social Católica.

Se trataba de una reacción sustentada en tres pilares: la búsqueda del apoyo de los hijos varones de la élite formados en el colegio de Jesuitas; la aparición de la Liga Católica de Zaragoza convertida posteriormente en la Liga de Acción Social Católica; y el papel activo de la prensa a través del diario El Noticiero.

Desde 1932 a 1934, no se celebró la procesión del Santo Entierro en Semana Santa. Su celebración en 1935 se convirtió en un acto simbólico de la confrontación. Los organizadores, la Hermandad de la Sangre de Cristo, lo hicieron amparados por el gobierno derechista del bienio negro de la República. Los sindicatos obreros organizaron una huelga de terceroles, pese a lo cual la procesión salió, exceptuando el paso de la Entrada de Jesús en Jerusalén, destruido por un incendio provocado por una botella con líquido inflamable lanzada por una de las ventanas de la desaparecida fábrica de regaliz en la calle Asalto, donde se guardaban todos los pasos de la Semana Santa zaragozana. La falta de terceroles fue suplida por otros fieles, algunos de ellos armados. En 1936 se volvió a celebrar la procesión, con la modificación de ponerles ruedas a los pasos para evitar la ausencia de terceroles.

Desde entonces se consolidó el Santo Entierro y aparecieron las cofradías penitenciales, lo que fue posible gracias al triunfo de los sublevados en la ciudad, el fusilamiento sistemático de los republicanos y la alianza entre el régimen de Franco y la Iglesia, que resultó muy beneficiosa económicamente para ésta al efectuarse la no declarada “Operación conventos y colegios privados” (desplazamiento a la periferia mediante lucrativa venta de solares procedentes de derribos en el centro), que se desarrolló en la ciudad en las décadas de los 70 y 80 en paralelo a la “Operación cuarteles”, esta sí oficial. Hasta 2015, la corporación municipal no ha dejado de participar en las celebraciones católicas de Zaragoza.

En la foto, el paso de Jesús camino del Calvario en la emblemática procesión del Santo Entierro de 1935, atravesando la calle Alfonso de Zaragoza, proveniente de la de Espoz y Mina y a punto de entrar, tras un pequeño descanso, en la de Manifestación. Las ruedas irán siendo incorporadas, paulatinamente, desde el año siguiente.

Fuente: Manuel R. Pérez, “La huella de tu cruz”, 2013.

Proyecto GAZA ("Gran Archivo Zaragoza Antigua")

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